Viernes 28 Julio, 2006
  PRENSA

RAMÓN BELLO BAÑÓN



ARTICULOS DE PRENSA

Tagora

Vuelvo de viaje y me entretiene el argumento del paisaje. La mañana es primaveral, el campo anota los armoniosos colores y bajo el cielo azul navegan las nubes blancas, "las maravillosas nubes" citadas por Baudelaire. La vida urbana nos aleja de la contemplación del campo, nos priva la visión de los amplios espacios que se cierran con la línea suave del horizonte. Fichte reflexionaba -y no era el primero- sobre la naturaleza: Debo mi existencia, decía, a una fuerza que no soy yo; ¿cuál será esta fuerza sino la fuerza natural universal, siendo como soy una parte de la naturaleza? Fichte vivió 52 años, murió relativamente joven en el año 14 del siglo diecinueve.

Unos años más tarde de la muerte de Fichte, nace Bergson, el filósofo sugestivo y clarividente, que conjuga la idea del devenir con la idea de la duración. Si nuestra existencia -escribe en "La evolución creadora"- estuviese compuesta de estados separados de los que un yo impasible tuviese que realizar la síntesis, no habría duración. Porque un yo que no cambia, no dura, y un estado psicológico que se mantiene idéntico a sí mismo en tanto no es reemplazado por un estado posterior, ya no es duradero. Bergson, el intuitivo, muere en París en 1941.

Pero esta mañana es la mañana de Tagore. También en 1941 muere Tagore, el poeta bengalí, parte de cuya obra será traducida al castellano por Zenobia Camprubí. Tagore, que pedía a Dios que le diera la libertad de los pájaros, vagadores de las selvas nunca vistas, junto a la libertad del torrente de las lluvias y la libertad de la tormenta que se precipita hacia su fin desconocido; la libertad del fuego y del trueno que se ríe retando a la oscuridad. Tagore es el poeta indo (no indio) sobre el que José Ortega y Gasset, que escribió de todo y para todos, compuso un breve epistolario liminar dirigido a Zenobia. Se preguntaba Ortega con qué material hace un poeta sus versos, qué hubiera sido de Zorrilla sin catedrales, sin castillos, sin callejas. sin dagas, sin chambergos, sin tocas, sin huríes. Tagore no necesitaba nada histórico ni suntuario, "nada peculiar de un tiempo y de un pueblo, porque con un poco de sol, de cielo y de nube, de hontanar y de sed, de tormento y de ribera, con el quicio de una puerta o el marco de una ventana donde asomarse, sobre todo con un poco de amoroso incendio y de fiebre hacia Dios, elabora sus canciones"

Esta mañana de abril, del primer abril, con las nubes blancas sobrevolando sobre las tierras ocres de La Mancha, con el sol iluminador de las primeras horas, es una mañana que me recuerda los versos de Rabindranaz. Hay bastante luz, bastante cielo, algunas nubes algodonadas para recordar sus poemas. El niño Tagore, el niño que no deja de ser nunca el poeta bengalí, aparece reiteradamente en sus monólogos, y explica a la madre que los que viven allá arriba en las nubes, le gritan: ¡Oye, jugamos desde que comienza hasta que termina el día, jugamos con la aurora de oro y con la luna de plata! Y el niño les pregunta, cómo va a subir hasta donde están tan altos; y le contestan: vente hasta el borde de la tierra, alza las manos al cielo y te levantaremos con las nubes.

La mañana parece hecha con un poco de amoroso incendio y de fiebre hacia Dios; es una mañana de regresos, de nerudianas navegaciones; la mañana donde es recordada las precisión emotiva del pregón del Obispo Cases, que anunció con palabra encendida la ya cercana Semana.

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