RAMÓN BELLO BAÑÓN
ARTICULOS DE PRENSA
Tagora
Vuelvo de viaje y me entretiene
el argumento del paisaje.
La mañana es primaveral,
el campo anota los armoniosos
colores y bajo el cielo azul
navegan las nubes blancas,
"las maravillosas nubes"
citadas por Baudelaire. La
vida urbana nos aleja de la
contemplación del campo,
nos priva la visión
de los amplios espacios que
se cierran con la línea
suave del horizonte. Fichte
reflexionaba -y no era el
primero- sobre la naturaleza:
Debo mi existencia, decía,
a una fuerza que no soy yo;
¿cuál será
esta fuerza sino la fuerza
natural universal, siendo
como soy una parte de la naturaleza?
Fichte vivió 52 años,
murió relativamente
joven en el año 14
del siglo diecinueve.
Unos años más
tarde de la muerte de Fichte,
nace Bergson, el filósofo
sugestivo y clarividente,
que conjuga la idea del devenir
con la idea de la duración.
Si nuestra existencia -escribe
en "La evolución
creadora"- estuviese
compuesta de estados separados
de los que un yo impasible
tuviese que realizar la síntesis,
no habría duración.
Porque un yo que no cambia,
no dura, y un estado psicológico
que se mantiene idéntico
a sí mismo en tanto
no es reemplazado por un estado
posterior, ya no es duradero.
Bergson, el intuitivo, muere
en París en 1941.
Pero esta mañana
es la mañana de Tagore.
También en 1941 muere
Tagore, el poeta bengalí,
parte de cuya obra será
traducida al castellano por
Zenobia Camprubí. Tagore,
que pedía a Dios que
le diera la libertad de los
pájaros, vagadores
de las selvas nunca vistas,
junto a la libertad del torrente
de las lluvias y la libertad
de la tormenta que se precipita
hacia su fin desconocido;
la libertad del fuego y del
trueno que se ríe retando
a la oscuridad. Tagore es
el poeta indo (no indio) sobre
el que José Ortega
y Gasset, que escribió
de todo y para todos, compuso
un breve epistolario liminar
dirigido a Zenobia. Se preguntaba
Ortega con qué material
hace un poeta sus versos,
qué hubiera sido de
Zorrilla sin catedrales, sin
castillos, sin callejas. sin
dagas, sin chambergos, sin
tocas, sin huríes.
Tagore no necesitaba nada
histórico ni suntuario,
"nada peculiar de un
tiempo y de un pueblo, porque
con un poco de sol, de cielo
y de nube, de hontanar y de
sed, de tormento y de ribera,
con el quicio de una puerta
o el marco de una ventana
donde asomarse, sobre todo
con un poco de amoroso incendio
y de fiebre hacia Dios, elabora
sus canciones"
Esta mañana de abril,
del primer abril, con las
nubes blancas sobrevolando
sobre las tierras ocres de
La Mancha, con el sol iluminador
de las primeras horas, es
una mañana que me recuerda
los versos de Rabindranaz.
Hay bastante luz, bastante
cielo, algunas nubes algodonadas
para recordar sus poemas.
El niño Tagore, el
niño que no deja de
ser nunca el poeta bengalí,
aparece reiteradamente en
sus monólogos, y explica
a la madre que los que viven
allá arriba en las
nubes, le gritan: ¡Oye,
jugamos desde que comienza
hasta que termina el día,
jugamos con la aurora de oro
y con la luna de plata! Y
el niño les pregunta,
cómo va a subir hasta
donde están tan altos;
y le contestan: vente hasta
el borde de la tierra, alza
las manos al cielo y te levantaremos
con las nubes.
La mañana parece
hecha con un poco de amoroso
incendio y de fiebre hacia
Dios; es una mañana
de regresos, de nerudianas
navegaciones; la mañana
donde es recordada las precisión
emotiva del pregón
del Obispo Cases, que anunció
con palabra encendida la ya
cercana Semana.
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