LA
TOGA
Ramón Bello
Serrano (*)
Creo que fue Montaigne,
en sus Ensayos, cuando
se demandó una
formidable pregunta,
muy de actualidad, precisamente
al saber que, al principio
de la guerra, el comandante
jurídico del
general norteamericano
que tuvo a tiro al mulá
Omar, le detuvo por
asuntos stendhalianos,
de detalle, naturalmente
jurídicos y de
buen tono. Le detuvo
en base al derecho y
porque, al nacer la
duda de si el clérigo
se acompañaba,
de propósito,
de mujeres y niños,
la duda le aquietó.
Yo le comprendo. Montaigne
preguntó lo siguiente:
¿Debe salir a
parlamentar el jefe
de una plaza sitiada?
La respuesta es negativa
por cuanto predica del
jefe la gran alerta,
incompatible con el
parlamento, aunque "discúlpase,
sin embargo, al que
sale de tal manera que
la ventaja y seguridad
aparecen de su parte".
De su parte, esto es,
de su partido. Montaigne
apoya su razonamiento,
ortodoxo, en las togas
de los viejos senadores
y en la dignidad de
los ejércitos,
caso del emperador Caracala,
cubierto de todas sus
armas y acompañando
a las tropas a pie,
repitiendo lo que el
togado Cicerón
escribió de la
milicia: arma enim,
membra militis esse
dicunt.
Sé por mi oficio
que cuando un hombre
se toga es, irremediablemente,
otro hombre. Sin desmerecer
a Richelieu o al cardenal
Mazzarino, áticos
y modernísimos
políticos que
apreciaron la hoy denostada
"acaso con acierto"
razón de Estado,
el hombre que mejor
vistió la toga
fue Maquiavelo. A Maquiavelo
le han injuriado, desde
siempre, los ágrafos,
pero Bonaparte y toda
la ciencia jurídica
ha meditado sobre sus
consejos públicos.
Se cree, en equívoco
permanente, que Maquiavelo
fue hombre de grandes
poderes, cuando lo cierto
es que perdió,
muy pronto, el favor
de su príncipe,
favor distante y de
ápices, pero
el florentino no perdió
jamás la toga.
Maquiavelo cuenta
"y yo lo creo a
pie juntillas y un punto
de emoción"
cómo pasa hambre,
cómo odia la
vida miserable que lleva,
cómo envenena
el malestar de sus mujeres
y su casa, cómo
se siente indigno al
jugarse, al límite
y en la taberna, un
vaso de vino turbio
y uña negra.
Era su vida misérrima.
Pero a la noche todo
cambiaba. Maquiavelo
escribía y al
togarse recorría
su tugurio como si de
grandes salones se tratara,
concertaba a las repúblicas
bien ordenadas y aconsejaba,
en alta voz, para la
bonanza de las magistraturas
y de Florencia. Ese
momento absolutamente
único y privadísimo
redimió su concepción
de la cosa pública
para siempre. Lo redimió
la toga. La toga no
es fácil. Facilidad,
mala novia, que dijera
Juan Ramón. La
toga precisa un lenguaje
específico para
el foro.
Conocí a Víctor
Márquez Reviriego
en el Consejo General
de la Abogacía
Española y cuando
todos esperábamos
comprensión para
una moderación
o mayor facilidad del
lenguaje de cara al
justiciable, Víctor
se opuso frontalmente,
pues no es recomendable
olvidar Roma y ese milagro
del derecho honorario,
del derecho del pretor,
tampoco la recepción
del gran derecho, menos
aún la precisa
volatería de
la Escolástica,
tampoco el bizantinismo,
también togado,
al que asiente Baudolino
en la novela de Eco.
Abajar el lenguaje es
desistir de su valor
ideal más alto,
la ingeniería
plena de la Justicia,
tras el debate natural
y la presidencia efectiva
del magistrado. El desistimiento
acabaría con
la toga, nos llevaría
a una tradición
que no es la nuestra
(la americana, tan espléndida,
que han respetado, por
siempre su Declaración
de Derechos, universalista,
pero que nada tiene
en común con
lo que Maquiavelo mostró
al mundo) y a la pobreza.
La toga, sin adorno
y humilde, carga un
reverso de cultura excepcional,
dignifica a su vestidor
y su estadía
recuerda las contradicciones
de Alejandro Magno.
Alejandro jamás
percibió temor
al mando de su empresa,
pero en su vida doméstica
sufrió debilidad
y hasta un temor que
oscurecía su
razón natural,
era distinto togado
y en combate (otra forma
de toga) que falto de
ella. La reivindicación
del lenguaje y su pluralidad,
por contra al igualitarismo
monocorde, que algunos
predican del foro (basta
con asomarse a las políticas
domésticas, a
los ralos debates plenarios
de las corporaciones
locales y a la tribalización
que Luis Goytisolo enumera
como "negocio,
política y descrédito)
ha de ceder al sabor
barroco y hasta "medieval"
de todo aquello representado
por la toga.
Hablo de sabor medieval
retomando a George Steiner,
compartiendo su pesimismo
y su escritura, desde
el extremo contrario,
en el que el futuro
no se conjuga, en el
posmoderno ocaso de
Occidente y en la clasura
de la historia. Steiner
es la toga misma. Medieval
"como ajustadamente
señala Juan Antonio
Gómez Iglesias"
por la búsqueda
de un saber que atesore
todas las ciencias y
porque todo el siglo
XX, al fin, sigue dependiendo
de la jerga escolástica.
Esa jerga vivifica la
toga, que es la misma
de Maquiavelo, que remite,
a la postre, a la gran
declaración de
Steiner: "Dante
es nuestro meridiano".
O lo que es igual: la
multiplicación
de emblemas morales
y de espejos dentro
del discurso.
A resultas, volviendo
a Montaigne o al Baudolino
de Eco, al derecho civil
romano coexistiendo,
armónicamente,
a la manera del milagro,
con las acciones del
pretor. Todo ese crisol
lo lleva la toga, con
independencia de quién
la vista como una sanción
moral propia, la perseitas
de la norma griega,
y sólo es necesario
conjugar el lenguaje
"el lenguaje del
foro" para armonizar
las repúblicas
de Maquiavelo, comprender
la ilicitud del parlamento
del jefe sitiado o la
rectitud honorable de
Alejandro. El hombre
y la toga son distintos.
Pero un hombre togado
jamás debería
ser distante de aquél
crisol. Por eso Maquiavelo
no imaginaba pasear
por los salones de los
grandes palacios al
escribir su tratado.
En realidad allí
estaba, precisamente
por la toga enfundada
a las noches frías,
el florentino lo sabía
y al togarse se redimió.
Es notable, sin embargo,
que tienda a confundirse
el acceso y el religamiento
del ciudadano de a pie
al lenguaje forense,
tanto del foro judicial
como político,
con una vulgarización
y empobrecimiento del
llamado a togarse.
Volvamos a la facilidad
de Juan Ramón,
mala novia, claro, porque
anhelar la facilidad
colectiva supone olvidar
la tradición
que nos sustenta (el
meridiano dantesco de
Steiner) y barbarizar
nuestra cintura intelectual
y nuestro derecho, a
no ser que pretendamos
un lenguaje forense
como el de la telefonía
móvil, un verbo
desnaturalizado y unas
sentencias propias de
culebrón televisivo,
signo inequívoco
de decadencia. Es verdad
que el derecho es un
punto de vista sobre
la justicia. Es verdad
que el gobierno de turno
es el criterio temporal
del ideal común
pleno. Pero si el ideal
de la justicia es dar
a cada uno lo suyo,
a cada cual habrá
que darle "siempre"
lo suyo porque nunca
lo tendrá lo
del todo, siendo la
virtud de la justicia,
la lucha por la justicia,
tal y como escribiera
ha ya tiempo el profesor
Aranguren.
De todas esas cosas
sabe la toga por sí
misma y tengo la impresión
que, en vista pública,
las partes legítimas
del proceso no son ajenas
a esa sensación,
pues al fin es cultura
común, antigua,
visciencia orteguiana,
esto es, la manera orgánica
común de vivir
y sentir de los pueblos.
¿Debe salir a
parlamentar el jefe
de una plaza sitiada?
Maquiavelo sabía,
y lo escribe Montaigne,
que los antiguos florentinos
estaban tan lejos de
alcanzar por sorpresa
un triunfo sobre sus
enemigos, que avisaban
a éstos un mes
antes de echar las tropas
al campo por medio del
continuo toque de la
campana que llamaban
Martinella. Maquiavelo
sabía que un
hombre togado ya era
distinto. Era su forma
de tañer la campana.
(* Abogado y escritor)
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