Viernes 28 Julio, 2006
  EQUIPO ABOGADOS
RAMÓN BELLO SERRANO

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CURRICULUM VITAE
Albacete. 1960. Abogado en ejercicio del Ilustre Colegio de Abogados de Albacete.
Premio Nacional Ensayo Universidad de Murcia. Internacional de Novela Corta Ciudad de Hellín.
Novela Corta Castilla-La Mancha. Cofundador de la revista de creación literaria "BARCAROLA·.
Ha publicado más de tres mil artículos en prensa.
Premio Graciano Atienza de Periodismo.
Premio Nacional Narrativa "Albacete Ciudad de Encuentros". Excmo. Ayuntamiento de Albacete.

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LA TOGA
Ramón Bello Serrano (*)
Creo que fue Montaigne, en sus Ensayos, cuando se demandó una formidable pregunta, muy de actualidad, precisamente al saber que, al principio de la guerra, el comandante jurídico del general norteamericano que tuvo a tiro al mulá Omar, le detuvo por asuntos stendhalianos, de detalle, naturalmente jurídicos y de buen tono. Le detuvo en base al derecho y porque, al nacer la duda de si el clérigo se acompañaba, de propósito, de mujeres y niños, la duda le aquietó. Yo le comprendo. Montaigne preguntó lo siguiente: ¿Debe salir a parlamentar el jefe de una plaza sitiada? La respuesta es negativa por cuanto predica del jefe la gran alerta, incompatible con el parlamento, aunque "discúlpase, sin embargo, al que sale de tal manera que la ventaja y seguridad aparecen de su parte". De su parte, esto es, de su partido. Montaigne apoya su razonamiento, ortodoxo, en las togas de los viejos senadores y en la dignidad de los ejércitos, caso del emperador Caracala, cubierto de todas sus armas y acompañando a las tropas a pie, repitiendo lo que el togado Cicerón escribió de la milicia: arma enim, membra militis esse dicunt.

Sé por mi oficio que cuando un hombre se toga es, irremediablemente, otro hombre. Sin desmerecer a Richelieu o al cardenal Mazzarino, áticos y modernísimos políticos que apreciaron la hoy denostada "acaso con acierto" razón de Estado, el hombre que mejor vistió la toga fue Maquiavelo. A Maquiavelo le han injuriado, desde siempre, los ágrafos, pero Bonaparte y toda la ciencia jurídica ha meditado sobre sus consejos públicos. Se cree, en equívoco permanente, que Maquiavelo fue hombre de grandes poderes, cuando lo cierto es que perdió, muy pronto, el favor de su príncipe, favor distante y de ápices, pero el florentino no perdió jamás la toga.

Maquiavelo cuenta "y yo lo creo a pie juntillas y un punto de emoción" cómo pasa hambre, cómo odia la vida miserable que lleva, cómo envenena el malestar de sus mujeres y su casa, cómo se siente indigno al jugarse, al límite y en la taberna, un vaso de vino turbio y uña negra. Era su vida misérrima. Pero a la noche todo cambiaba. Maquiavelo escribía y al togarse recorría su tugurio como si de grandes salones se tratara, concertaba a las repúblicas bien ordenadas y aconsejaba, en alta voz, para la bonanza de las magistraturas y de Florencia. Ese momento absolutamente único y privadísimo redimió su concepción de la cosa pública para siempre. Lo redimió la toga. La toga no es fácil. Facilidad, mala novia, que dijera Juan Ramón. La toga precisa un lenguaje específico para el foro.

Conocí a Víctor Márquez Reviriego en el Consejo General de la Abogacía Española y cuando todos esperábamos comprensión para una moderación o mayor facilidad del lenguaje de cara al justiciable, Víctor se opuso frontalmente, pues no es recomendable olvidar Roma y ese milagro del derecho honorario, del derecho del pretor, tampoco la recepción del gran derecho, menos aún la precisa volatería de la Escolástica, tampoco el bizantinismo, también togado, al que asiente Baudolino en la novela de Eco. Abajar el lenguaje es desistir de su valor ideal más alto, la ingeniería plena de la Justicia, tras el debate natural y la presidencia efectiva del magistrado. El desistimiento acabaría con la toga, nos llevaría a una tradición que no es la nuestra (la americana, tan espléndida, que han respetado, por siempre su Declaración de Derechos, universalista, pero que nada tiene en común con lo que Maquiavelo mostró al mundo) y a la pobreza.

La toga, sin adorno y humilde, carga un reverso de cultura excepcional, dignifica a su vestidor y su estadía recuerda las contradicciones de Alejandro Magno. Alejandro jamás percibió temor al mando de su empresa, pero en su vida doméstica sufrió debilidad y hasta un temor que oscurecía su razón natural, era distinto togado y en combate (otra forma de toga) que falto de ella. La reivindicación del lenguaje y su pluralidad, por contra al igualitarismo monocorde, que algunos predican del foro (basta con asomarse a las políticas domésticas, a los ralos debates plenarios de las corporaciones locales y a la tribalización que Luis Goytisolo enumera como "negocio, política y descrédito) ha de ceder al sabor barroco y hasta "medieval" de todo aquello representado por la toga.

Hablo de sabor medieval retomando a George Steiner, compartiendo su pesimismo y su escritura, desde el extremo contrario, en el que el futuro no se conjuga, en el posmoderno ocaso de Occidente y en la clasura de la historia. Steiner es la toga misma. Medieval "como ajustadamente señala Juan Antonio Gómez Iglesias" por la búsqueda de un saber que atesore todas las ciencias y porque todo el siglo XX, al fin, sigue dependiendo de la jerga escolástica. Esa jerga vivifica la toga, que es la misma de Maquiavelo, que remite, a la postre, a la gran declaración de Steiner: "Dante es nuestro meridiano". O lo que es igual: la multiplicación de emblemas morales y de espejos dentro del discurso.

A resultas, volviendo a Montaigne o al Baudolino de Eco, al derecho civil romano coexistiendo, armónicamente, a la manera del milagro, con las acciones del pretor. Todo ese crisol lo lleva la toga, con independencia de quién la vista como una sanción moral propia, la perseitas de la norma griega, y sólo es necesario conjugar el lenguaje "el lenguaje del foro" para armonizar las repúblicas de Maquiavelo, comprender la ilicitud del parlamento del jefe sitiado o la rectitud honorable de Alejandro. El hombre y la toga son distintos. Pero un hombre togado jamás debería ser distante de aquél crisol. Por eso Maquiavelo no imaginaba pasear por los salones de los grandes palacios al escribir su tratado. En realidad allí estaba, precisamente por la toga enfundada a las noches frías, el florentino lo sabía y al togarse se redimió. Es notable, sin embargo, que tienda a confundirse el acceso y el religamiento del ciudadano de a pie al lenguaje forense, tanto del foro judicial como político, con una vulgarización y empobrecimiento del llamado a togarse.

Volvamos a la facilidad de Juan Ramón, mala novia, claro, porque anhelar la facilidad colectiva supone olvidar la tradición que nos sustenta (el meridiano dantesco de Steiner) y barbarizar nuestra cintura intelectual y nuestro derecho, a no ser que pretendamos un lenguaje forense como el de la telefonía móvil, un verbo desnaturalizado y unas sentencias propias de culebrón televisivo, signo inequívoco de decadencia. Es verdad que el derecho es un punto de vista sobre la justicia. Es verdad que el gobierno de turno es el criterio temporal del ideal común pleno. Pero si el ideal de la justicia es dar a cada uno lo suyo, a cada cual habrá que darle "siempre" lo suyo porque nunca lo tendrá lo del todo, siendo la virtud de la justicia, la lucha por la justicia, tal y como escribiera ha ya tiempo el profesor Aranguren.

De todas esas cosas sabe la toga por sí misma y tengo la impresión que, en vista pública, las partes legítimas del proceso no son ajenas a esa sensación, pues al fin es cultura común, antigua, visciencia orteguiana, esto es, la manera orgánica común de vivir y sentir de los pueblos. ¿Debe salir a parlamentar el jefe de una plaza sitiada? Maquiavelo sabía, y lo escribe Montaigne, que los antiguos florentinos estaban tan lejos de alcanzar por sorpresa un triunfo sobre sus enemigos, que avisaban a éstos un mes antes de echar las tropas al campo por medio del continuo toque de la campana que llamaban Martinella. Maquiavelo sabía que un hombre togado ya era distinto. Era su forma de tañer la campana.
(* Abogado y escritor)

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Premio Graciano Atienza.
Columnista habitual de LA TRIBUNA DE ALBACETE redaccion@latribunadealbacete.es

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Esmalte del Tambor (Albacete 1992).
Moriarty (Cuenca 1993).
El color de los pájaros. Memoria de Provincias.(Murcia 1993)
Viaje en autobús. (Murcia 1995)
El Libro de Oro. Ateneo Albacetense. 1908-1936. (Albacete 1996).
Los Aguamaniles. (Albacete 1996).
El Libro de las Horas (Albacete 1996).
El milagro de Cervantes (Albacete 1997)
Once Noches (Albacete 1998).
El Cuento Policial (Albacete 2000).

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